Recuerdos de Burdeos


          “La primera impresión verdaderamente grande que experimenta el viajero que visita la Francia por este lado, es producida por el magnífico aspecto que desplega a su vista la ciudad de Burdeos: y tal es la agradable sorpresa que le ocasiona, que en vano intentaría luego verla reproducida en ninguna de las grandes ciudades de Francia, y ni aun en presencia de su inmensa y populosa capital.

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          Para gozar, sin embargo, del cuadro interesante que ofrece al viajero la capital de la Gironda, preciso le será trasladarse a la opuesta orilla del Garona, enfrente del vastísimo anfiteatro de cerca de una legua, que siguiendo la curva descrita por el río, forman los bellos edificios de la ciudad, terminada de un lado por el extenso y elegante cuartel des Chartrons, y por el opuesto por el soberbio puente y los arsenales de construcción.

puente burdeos

          Colocado el espectador enfrente de aquel magnífico panorama, puede solo desde allí juzgar de la formidable extensión de esta gran ciudad, de la magnificencia y belleza de sus edificios, y del movimiento y animación de su vida mercantil. La extraordinaria anchura del Garona, el atrevido puente que presta comunicación a ambas orillas, la inmensa multitud de buques de todas naciones que estacionan en el puerto, la extensión de los hermosos diques que sirven de defensa a los edificios, las dimensiones colosales, la forma elegante y bella de éstos, los extendidos paseos: y luego allá en el fondo y a espaldas del espectador, enfrente de la ciudad, la campiña más hermosa y más bien cultivada que imaginarse pueda, enriquecida con miles de casas de campo y de bellísimos y antiguos chateaux: tal es el admirable conjunto que se desplega a su vista;

gran campana burdeos

          y si después de haberle contemplado largamente, penetra en el interior, y dejando a un lado los cuarteles viejos (notables empero por la antigüedad de sus construcciones y el carácter monumental de alguno de sus restos), se dirige a la parte moderna de la ciudad, a la plaza de Chapeau rouge, que conduce desde el puerto hasta el gran teatro; si sigue después los boulevarts interiores. conocidos por el nombre de Cours de Tourny, plantados de frondoso arbolado, y enriquecidos con doble línea de casas elegantes y aun magníficas: si se detiene en la plaza real o en el inmenso paseo formado sobre el espacio que ocupó la antigua fortaleza de Chateau Trompette; si cruza en fin en todas direcciones por las alineadas y hermosisimas calles nuevas que comunican entre si estos lejanos puntos. probablemente quedará sorprendido, enajenado, al aspecto de tanta grandeza, de tan asombroso lujo, de gusto tan exquisito.

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          La construcción de las casas particulares de Burdeos no solo se aparta en lo general de las rutinarias y mezquinas formas seguidas por nuestros arquitectos, si no que excede en belleza y elegancia a todo lo que suele verse comúnmente en las ciudades francesas, acercándose más a aquel grado de suntuosidad confortable que tanto admira el viajero en las poblaciones inglesas de Londres, Manchester y Liverpool. Por otro lado, colocada Burdeos bajo un hermoso cielo, que permite a sus edificios conservar largo tiempo un aire de juventud y lozanía, sentada en terreno llano, y con la proporción de extenderse indefinidamente, pudiendo contar para sus construcciones con una piedra acomodada que se presta dócilmente al trabajo del artista, y con el tiempo adquiere gran solidez, de color grato, parecida a la de Colmenar que suele usarse en Madrid; elevadas allí las costumbres de los habitantes a aquel grado de refinamiento de gustos que ostenta un pueblo mercantil en su brillante apogeo, vivificada con los considerables capitales que multitud de negociantes emigrados de América han aportado, cuando huyendo de sus discordias civiles vinieron a fijar su mansión en esta deliciosa ciudad. no hay pues que extrañar su brillante estado, que la eleva justamente a un punto distinguido entre las primeras ciudades de Europa.

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          Sin embargo, su inmenso recinto encierra solo una población de cien mil almas, y los que llegan a ella desde París, aturdidos aún con el ruido infernal de sus calles, hallan desiertas y melancólicas las de esta hermosa ciudad, siendo muy común el repetir que «a Burdeos solo la hacen falta cien mil habitantes más». Pero no se hacen cargo estos críticos de que, según la exigencia del magnífico bordelés, y el lujo y comodidad a que está acostumbrado, la extensión de su ciudad doblaría entonces también porque al habitante acomodado de aquel pueblo le es indispensable ocupar exclusivamente con su familia toda una gran casa; tener en los pisos bajos sus cuadras, cocheras, bodegas, cocinas, etc.; en el entresuelo sus oficinas mercantiles; sus salones de recepción y comedor en el principal; sus habitaciones y dormitorios en el segundo, y en el tercero las de sus numerosos criados.

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          Que exige también su bien entendido egoísmo que la elegante puerta de su casa permanezca cerrada o defendida por un conserje para impedir las visitas de importunos; que su zaguán y su patio sean verdaderos gabinetes de elegancia y comodidad; que sus escaleras, revestidas de estucos y molduras, adornadas de estatuas, y cubiertas de excelentes alfombras, no sean profanadas por plantas que revelen el piso húmedo de la calle; que todas las puertas, en fin, de comunicación, abiertas a double battant permitan girar a los individuos de la familia con aquella confianza que inspira la seguridad de no ser sorprendidos en su vida interior.

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          Haciendo de su casa un templo, y un culto de su pacífica posesión, el rico bordelés desplega en su adorno la misma magnificencia y lujo que presidieron a la construcción del edificio; y secundado por los mágicos esfuerzos de la industria parisién, y llamando también en su auxilio los medios que le permite su comercio y comunicación con la Gran Bretaña, la India, y las Américas, puede revestir sus salones con los objetos más primorosos y de mayor comodidad; puede cubrir su mesa con los más delicados frutos de todas las zonas; puede recibir en sus soireés la sociedad más amable y distinguida.calle burdeos

          Por último, cuando el Sol de junio empieza a ejercer sus rigores, y las bellísimas orillas del Garona se cubren de un admirable verdor, el amable habitante de Burdeos, para quien el disfrutar de la vida es un negocio positivo, una necesidad real, suspende temporalmente sus tratos mercantiles, sus ocupaciones serias, y corre a refugiarse con su familia en algún pintoresco chateau, en medio de vastos y deliciosos jardines, de ricos viñedos, y de inmensos y apacibles bosques.

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          La ciudad por aquella estación parece más desierta aún, y nadie diría, sino que la población entera se había trasladado al radio de algunas leguas. En las calles, en los paseos, en los teatros, apenas se encuentra a nadie, y a cualquiera casa a quien uno se dirija para visitar a los dueños, está seguro de que la vieja portera le ha de responder «Monsieur, et Madame sont à le campagne». (El señor y la señora están en el campo)

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          (…)  Tiempo era ya de hablar de las curiosidades materiales de esta hermosa ciudad. Pero debe ser ya conocida mi intención al escribir estas líneas, que no es otra que el dar razón de las sensaciones que me produjo la vida animada de los pueblos, más bien que el hacer un inventario de sus riquezas. Afortunadamente este punto está ampliamente desempeñado por los numerosos viajes e itinerarios que todo el mundo conoce: y no necesitaría más que copiar cualquiera de ellos, para dar a conocer a mis lectores las célebres ruinas del palacio que se cree fue del emperador Galieno (aunque más bien parecen de un anfiteatro romano). La catedral, dedicada a San Andrés, de un buen estilo gótico, y su torre aneja llamada el Payberland; la iglesia de San Miguel y su elevada torre, bajo la cual hay una bóveda que tiene la singular particularidad de conservar en un estado perfecto de momificación los cadáveres que en ella fueron depositados hace algunos siglos: y las otras iglesias, de Nuestra Señora, reedificada magníficamente en el siglo último, y la llamada del Colegio que encierra el sepulcro de Miguel de Montaigne.

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          Hablaría del Chateau Royal, antigua residencia de los arzobispos de Burdeos: del palacio de justicia, donde están establecidos los tribunales departamentales; de la bolsa, y la aduana, edificios paralelos; del hotel de ville o casa del ayuntamiento; del teatro principal en fin, y del soberbio puente sobre el Garona, los más magníficos de toda Francia, inclusos los de la capital; de un sin número de otros edificios dignos de la mayor atención bajo el aspecto artístico y por los objetos a que están destinados. Pero además de alargar indefinidamente mi narración, dándola un giro que de ningún modo la conviene, me apartaría insensiblemente de mi objeto. Solo diré que en materias de ciencias y artes encierra Burdeos establecimientos dignos de una capital; que su biblioteca publica cuenta más de ciento diez mil volúmenes, entre los cuales los hay preciosísimos por su rareza, y otros manuscritos: que cuenta además, bajo el título común de Museo, un bello gabinete de historia natural y otro de arqueología, una regular colección de cuadros, escuelas de artes, y un observatorio.

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          En materia de establecimientos de Beneficencia no recuerdo haber visto nada mejor ni más bien servido y administrado que el magnífico hospicio nuevo de Burdeos, verdadero modelo de este género de establecimientos, por sus gigantescas dimensiones, por su sencilla y cómoda distribución, y el orden y bien entendida economía de su régimen interior. Hay además otros muchos establecimientos de caridad y de instrucción; y es igualmente de admirar la riqueza y suntuosidad de los baños públicos de esta ciudad, en especial los dos edificios paralelos con este objeto construidos recientemente frente del puerto; baste decir que su coste ha sido de cinco millones, y que exceden en comodidad a todos los establecimientos de este género aun en el mismo París.

Gran teatro burdeos

          El teatro principal, verdadero monumento artístico por su forma material interior y exterior, ofrece por lo regular funciones de mucho aparato en comedia, ópera y baile, aunque por lo regular poco frecuentadas por la desdeñosa aristocracia bordelesa, que solo se digna visitarle cuando la célebre trágica Rachel Felix o el tenor Duprez, aprovechando la licencia temporal que les conceden en los teatros de París, vienen a ofrecer a los habitantes de las orillas del Garona el tributo de sus talentos, a cambio de un premio enorme y de un entusiasmo imposible de describir. Por lo demás puede decirse que el bordelés paga su inmenso teatro, planta sus gigantescos paseos, alza sus enormes casas, para deslumbrar al forastero, y dispensarle magníficamente los honores de la hospitalidad; a la manera de aquellos monarcas orientales que gustan de ofuscar la vista del extranjero con la pomposa parada de su corte, de sus vasallos, de sus tropas, de sus tesoros, y de las dos o tres mil bellezas de su Harem”.

Ramón Mesonero Romanos. Recuerdos de viaje por Francia y Bélgica.  Red ediciones S.L. Barcelona. 2022. pp. 46-48 y 53-55.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Laura dice:

    Vivi un tiempo alli.
    Excelentes fotos y descripcion!

  2. El texto de Mesonero Romanos es fantástico. Muchas gracias.

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