La Alhambra de Granada según Lady Louisa Tenison


Alhambra.          “¡La Alhambra! ¡El palacio-fortaleza de los moros! Hay magia en el nombre que colma la imaginación con los recuerdos del pasado. Los poetas la han cantado; los pintores han pasado cada una de sus piedras a sus lienzos; los viajeros la han descrito con el más entusiasta de los lenguajes y, todavía hay unos pocos que podrían sentirse desilusionados al contemplarla, pocos, al menos, de los que están verdaderamente capacitados para apreciar lo bello de la naturaleza y del arte.

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          Exquisito como es el interior de la parte árabe, el exterior me parece que tiene incluso más encanto. Sus torres rojizas, ciñendo las alturas, adquieren un perfil siempre cambiante de acuerdo con la dirección desde la que se contemplan. Situada en el último espolón de una cadena montañosa, cuyas alturas, coronadas de nieve, se levantan por detrás a 9000 pies, mira hacia abajo de forma orgullosa a la Vega y a la ciudad a sus pies. La vista más perfecta es la que se obtiene desde una pequeña explanada delante de la iglesia de San Nicolás, en la colina del Albaicín que está enfrente.

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          Desde aquí, a la misma altura, a través del valle del Darro, se ven extendiéndose los largos perfiles de murallas y torres, recogiendo entre sus brazos los más singulares restos del pasado y las más sorprendentes evidencias de las dinastías cambiantes y los distintos credos. Las salas encantadas de los fastuosos Califas –el majestuoso palacio de un Emperador– la mezquita, la iglesia, el tosco torreón del moro de turbante, el convento de los monjes encapuchados, todos están delante de ti, hasta cierto punto y con tal variedad de implicaciones históricas que la convierten más en una ciudad en miniatura que en una fortaleza. Aquí, también, el paisaje circundante presta su ayuda más eficaz para hacer del conjunto un cuadro de insuperable belleza. Toda la cordillera de Sierra Nevada, inmediatamente detrás, con sus cumbres nevadas y sus laderas que acaban en escarpados barrancos. Hacia la izquierda, las blancas columnatas y miradores del Generalife, retiro veraniego del moro, situado en las alturas entre las verdes laderas de la Silla del Moro.

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          Ante ti, extendiéndose alrededor de la enorme explanada que torre tras torre cubre la Alhambra aparecen –la torre de las Infantas, la de los Picos –con sus viejas y barbudas almenas– los muros de la Casa Sánchez derrumbándose; las delicadas pero elegantes proporciones del Tocador, de aspecto frágil, que cuelga sobre el barranco, unido por una liviana y aireada galería a la inmensa torre de Comares.

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          Detrás de estas, un grupo de tejados del palacio árabe que esconden, como suele ocurrir en los edificios de origen oriental, detrás de un exterior liso y simple, escenas de belleza mágica y encantamiento, morada apropiada para esa lujosa corte cuya barbarie oriental estaba suavizada e incluso dignificada por la constante relación con las virtudes caballerescas de los cristianos. Los rojos muros, sostenidos por contrafuertes continúan hacia la derecha conectando la maciza torre de Comares con las torres aún más altas de la Alcazaba, que formaron la fortaleza. En medio, en el espacio abierto se levanta el palacio de Carlos V, cuyo inmenso perfil continuo presenta desde la distancia una apariencia imponente, por mucho que, desde dentro de las murallas, tiene un aspecto incongruente y fuera de lugar.

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          Las torres de la Alcazaba, en ella misma una enorme ciudadela con puertas y patios culminan con la más elevada de todas, la torre de la Vela, que se levanta en la extremidad más occidental y desde donde se puede ver toda la zona de alrededor. Más allá y, aparentemente perteneciendo a ésta, los rojizos muros de las Torres Bermejas forman también parte del conjunto. Desde los pies de la torre de la Vela, la colina cae de forma abrupta hacia la ciudad que serpentea por el valle del Darro y se extiende por todo el borde de la Vega, donde la mirada puede pasearse libremente sobre un mar de verdor. Es difícil imaginar una vista más variada y espléndida. La puesta de sol es magnífica cuando las murallas resplandecen con una luz rojiza y las nieves de la Sierra están tintadas con matices rosáceos. El tono tan intenso de colorido que toma la propia Alhambra, el verde brillante de los árboles que la rodean, las profundas sombras de los valles, las luces gloriosas de las lejanas montañas, todos presentan un cuadro insuperable, tanto en forma como en color”.

Maria Antonia Gómez Burgos. «Viajeras en la Alhambra». Lady Louisa Tenison (1850-53). La magia de la Alhambra.  Junta de Andalucía. 2007. Sevilla. pp.88-90.

Recopilación de relatos de viajeras británicas y norteamericanas que visitaron Granada, entre los años 1840 y 1937, en los que dejan constancia de sus experiencias de viaje y sus impresiones de la Alhambra y el Generalife.

Lady Louisa Tenison, autora de Castile and Andalucia, (Londres, 1853), llegó a Gibraltar a finales de 1850 y permaneció en España dos años y medio aproximadamente.

Fotos © Juan Ferrandis

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